Esta historia pasó hace mucho y honestamente la había olvidado, hasta hace poco que la recordé y la verdad es bastante fuerte. En aquel entonces me sentía confundida y quería un tiempo para mi sola, para pensar, hacer algo diferente, aunque yo quería continuar con la relación, se lo comunique a David mi novio en ese entonces, pero él no estuvo de acuerdo y me dijo que no lo aceptaba, que si yo pedía eso terminábamos, yo muy molesta le dije que si, que terminábamos entonces.
La semana siguiente transcurrió en silencio. Cada día que pasaba sin saber nada de David, la rabia crecía, fermentándose en un cóctel amargo de decepción y orgullo herido. ¿Cómo se atrevía? ¿Cómo pudo darme un ultimátum así, como si mi necesidad de descanso fuera una traición? Yo solo quería un respiro, no un final. Pero él había elegido el final, y ahora yo elegiría cómo se vería ese final. No sería una escena triste con lágrimas y súplicas. Sería una explosión.
Cuando su mensaje apareció esa noche, fue como si el universo me entregara el arma que necesitaba.
—¿Cómo estás? No he sabido nada de ti, dime qué pasa en tu cabeza.
Sonreí con amargura.
—Mal. Pero no quiero que hagas nada. Deja las cosas así.
Quería que mi frialdad lo traspasara a través del texto.
—No, Cami. Quiero hablar. Tenemos que hablar.
Claro que quería hablar. Siempre quería hablar cuando él tenía el control.
—Mañana tengo un control con el ginecólogo a las 9. Si quieres, podemos vernos afuera de la clínica sobre las 10 am.
Su respuesta fue inmediata.
—Vale. Perfecto. Allí nos vemos.
Mi mente ya estaba tramando. Ahora faltaba el ingrediente principal: Andrés. La idea me quemó la boca con un sabor agridulce, mezcla de culpa y emoción. Recordé todas las veces anteriores, hace un año y medio, cuando David no estaba y yo me sentía sola, fue la primera vez con Andrés, fue sin buscarlo, fue inconsciente, un error del que me sentí culpable mucho tiempo. Pero las siguientes si las busque yo. Cada encuentro era un secreto que me devoraba por dentro, un recuerdo que surgía en los momentos más inoportunos para recordarme que era una mentirosa. Pero hoy era diferente. Hoy no era infiel. Hoy estaba libre. Y esa libertad sabía a pecado.
Le escribí a Andrés.
—Andrés, ¿qué haces mañana por la mañana?
Su respuesta llegó al instante, con ese entusiasmo que siempre delataba su interés.
—Nada, Cami, ¿por qué?
—Acompáñame al ginecólogo. Y luego tengo una sorpresa para ti.
Añadí un emoji de sonrisita pícara.
—Vale.
Contesto él, pero supe que detrás de esa palabra había un mundo de deseo y de odio hacia David. Era perfecto.
La mañana siguiente me miré en el espejo y algo era diferente. Una mujer decidida, peligrosa. Elegí ropa que a David le volvía loco. Una licra negra que se adhería a mis curvas como una segunda piel, resaltando mis caderas amplias y ese trasero que David solía morder con ganas. Una blusa blanca que resaltaba mi gran busto, y el abrigo, ese abrigo que él me regaló, tejido artesanalmente con agujeros que dejaba ver todo por debajo, era la guinda del pastel. Me sentía invencible.
Andrés me espero en la entrada de la clínica. Lo miré más alto de lo que recordaba, me hacía sentir diminuta y protegida a la vez. Mientras el ginecólogo me revisaba, mi mente no estaba allí. Estaba en la calle, imaginando la escena. ¿Llegaría David? ¿Vería a Andrés? El plan se perfeccionaba en mi cabeza, cada detalle calculado para infligir el máximo daño.
Salí y allí estaba Andrés, con una sonrisa cómplice. —Vi a tu ex afuera—, me susurró. Mi corazón dio un vuelco, pero mi cara fue una máscara de indiferencia. —No te preocupes, vámonos para tu casa—. Y entonces, actué. Tomé su mano con una naturalidad que me sorprendió a mí misma. Nos fuimos caminando pegaditos, riendo como dos enamorados. Sentí la mano de Andrés deslizarse por mi espalda, bajando hasta posarse sobre mi culo, apretándolo con posesión. No me detuve. Al contrario, me recosté en su toque, riendo más fuerte por algo que ni siquiera era gracioso. Jamás voltee a buscar a David, pero sentía sus ojos sobre mí, quemándome la espalda. Cada caricia de Andrés era una puñalada dirigida a él.
Subimos a su departamento. El segundo piso, con vista a la calle. Era el escenario perfecto. La rabia que había estado guardando explotó en una oleada de adrenalina pura. Sin decir una palabra, me dirigí a su habitación y abrí las cortinas de par en par. La luz del día inundó el espacio, exponiendo todo. —¿Qué haces, Cami?—, preguntó él, pero ya sabía la respuesta. Yo no respondí con palabras. Me giré, me lancé sobre él y lo besé con una ferocidad que lo tomó por sorpresa.
Él no necesitó más instrucciones. Su boca respondió a la mía con la misma urgencia. Sus manos despojaron mi ropa con una habilidad que delataba su experiencia. En menos de dos minutos, la licra, la blusa y el abrigo yacían en un montón en el suelo. Quedé en mi sostén y panties, sintiendo el aire frío en mi piel caliente. Con un movimiento deliberado, desabroché mi sostén y lo dejé caer. Mis senos, grandes y pesados, quedaron libres. Sabía que eran su debilidad, los había deseado desde la primera vez que me vio. Se los ofrecí, arqueando la espalda, y él no dudó. Su boca caliente me envolvió, su lengua dibujando círculos alrededor de mis pezones, que se pusieron duros como piedras. Un gemido escapó de mi garganta, esta vez no era fingido.
Él se despojó de su ropa, revelando ese cuerpo musculoso que yo ansiaba. Y luego, su pene, una bestia, 17 cm de grosor imponente, completamente afeitado, una columna de carne que prometía un placer brutal. Me sentí una perra en celo, dispuesta a ser montada. —Chúpemela, Cami—, me ordenó con voz ronca. Y yo, por primera vez, obedecí sin dudar. Me arrodillé y lo tomé en mis manos. Sentí su peso, su calor. Lo llevé a mi boca, deslizándolo entre mis labios. Nunca había hecho esto con él, me sentía sucia, como si traicionara un código. Pero hoy, esa suciedad era mi combustible. Lo mamé con ganas, profundamente, sintiendo cómo se hinchaba aún más en mi boca.
Pero yo quería más. Quería sentirlo dentro. —Métemela—, le supliqué, con la voz rota por el deseo. Se puso rápidamente un condón, odiaba esa barrera de látex que robaba sensaciones. Pero era el precio a pagar. Me empujó hacia la cama y me abrió las piernas. La penetración fue brutal, directa. Entró de un solo embestida, hasta el fondo. Grité, una mezcla de dolor y placer puro. Estaba tan mojada que no hubo resistencia.
Empezó a moverse, la posición del misionero, la misma de nuestra primera vez. Mis senos aplastados contra su pecho duro y sudoroso, su cuerpo musculoso aplastándome, haciéndome sentir pequeña y poseída. Abracé su espalda, mis uñas arañando su piel, mis piernas enroscadas en su cintura, apretándolo contra mí para que entrara más y más. Gemía sin filtro, sin vergüenza, sabiendo que si David estaba allí, escucharía cada uno de mis gritos de placer.
La rabia se había transformado en un fuego salvaje incontrolable. Cada embestida de Andrés era un insulto directo a David, un grito silencioso que decía “escucha lo que perdiste”. Pero la cama era demasiado privada, demasiado segura. Quería que mi venganza fuera cruel. —Llévame a la ventana—, le dije entre jadeos. —Quiero que me folles ahí—.
Andrés, siempre dispuesto a complacer mis caprichos más oscuros, sonrió. Me levantó como si no pesara nada, mis piernas se enroscaron en su cintura mientras él me cargaba hasta el cristal frío que daba a la calle. Me bajo y me puso de espaldas a él, entonces sentí el frío del vidrio en mis senos erectos me hizo estremecer. —Así, perra?—, me gruñó al oído mientras empezaba a penetrarme de nuevo, con más fuerza si cabía.
Desde allí, podía ver el mundo. Los coches pasando, la gente caminando ajena. Mis senos estaban completamente expuestos, mis pezones duros rozando el cristal con cada golpe. La ventana crujía, amenazando con ceder bajo la fuerza de nuestro acto. No sabía si David estaba abajo, con los ojos fijos en mi cuerpo siendo usado, pero en ese momento, no me importaba. Espero que sí, pensé con una ferocidad que me asustó. Espero que se esté partiendo el corazón de rabia. El placer era intenso, pero era secundario. Lo principal era la venganza.
Después de lo que pareció una eternidad, Andrés me devolvió a la cama, tumbándome boca abajo. —Ahora a cuatro patas, como la perra que eres—, ordenó. Obedecí instantáneamente, levantando mi trasero para él. Entró en mí desde atrás, y esta vez, el golpe fue más profundo, más primitivo. Su mano se alzó y me dio una nalgada fuerte, dejando una marca ardiente en mi piel. —¡Otra!—, grité. Y otra llegó. Y otra. Cada nalgada era una liberación, un castigo que yo misma me imponía y que disfrutaba como nunca. Me sentía sucia pero libre. Por fin libre.
Quería control. Quería dominarlo a él como él me dominaba. —Acuéstate—, le dije, empujándolo suavemente. Se tumbó de espaldas, su pene erecto y cubierto por el látex esperándome. Me monté sobre él, lentamente, sintiendo cómo me abría paso hasta el fondo. Empecé a cabalgar, primero con suavidad, luego con más velocidad, usando mis caderas para martillearlo. Mis senos rebotaban salvajemente, y él los atrapó, apretándolos, retorciendo mis pezones. Yo era la dueña del ritmo, la que decidía el placer. En ese momento, yo era la que tenía el poder.
Pero aún faltaba algo. Me bajé de él, mi cuerpo temblando de deseo. Le quité el condón lentamente, mirándolo a los ojos. Su pene, ahora libre, estaba brillando. Era perfecto. Lo tomé en mis manos y me incliné para mamárselo de nuevo. Esta vez fue diferente. No era una orden, yo quería hacerlo. Le di una mamada lenta, profunda, saboreándolo, masturbándolo con una mano mientras mis labios y mi lengua hacían el resto. Él gemía, perdido en el placer. Saqué mi celular y le dije: —Hazme una foto—. Él, sin dudarlo, tomó mi teléfono y capturó el instante: yo, con su verga en la boca, mirando a la cámara con ojos de hambre. La prueba definitiva. La traición hecha imagen.
Lo devolví a la cama, le pasé otro condón y me acurruqué contra él, de espaldas. Él me penetró por última vez, en la cucharita, un movimiento lento y profundo. Sus manos se aferraban a mis senos, su aliento caliente en mi nuca. Esta vez no hubo gritos, solo gemidos intensos, el final de nuestra tormenta. Sentí cómo su cuerpo se tensaba y cómo se corría dentro del látex, un espasmo final que sellaba mi venganza.
Justo en ese momento, mi teléfono vibró en la mesita de noche. La pantalla iluminó el nombre: “David”. Una risa histérica, casi diabólica, se escapó de mis labios. No contesté. Apagué el móvil y me recosté contra el cuerpo caliente de Andrés, sintiéndome victoriosa, saciada y completamente vacía al mismo tiempo.
Me vestí lentamente, sintiendo el peso de mis actos en cada músculo adolorido. —Acompáñame afuera—, le dije a Andrés. Bajamos y allí estaba él. David. Su cara era una máscara de ira pura, sus ojos rojos, sus puños apretados. Vi el dolor en su mirada, y por un segundo, una punzada de algo que se parecía a la culpa me atravesó. Pero la apagué de inmediato.
—Por favor, devuélveme todas mis cosas—, me dijo con una voz temblorosa de furia.
—Esto se acabó. Definitivamente.
—Claro.
Respondí con una calma que no sentía.
—Tenemos que ir a mi casa.
Entré a casa de Andrés a por mi bolso, y al salir, él me esperaba en la puerta. Me plantó un beso profundo, pasional, una mano agarrándome fuerte de la cintura mientras la otra me apretaba un seno. Fue un beso de posesión, el último clavo en el ataúd de mi relación de tres años. Me despedí de Andrés con una sonrisa y me fui con David.
Caminamos en silencio. Él se adelantaba, rabioso. Yo lo seguía, pensando en lo que había hecho. ¿Me arrepentía? No. No de haberlo hecho. Me arrepentía de haber necesitado hacerlo para sentirme libre.
Llegué a mi casa y saqué una caja. Empecé a meter todas sus cosas: sus camisetas, sus libros, su cepillo de dientes, la foto de nosotros en la playa. Cada objeto era un trozo de una vida que ya no existía. Se lo entregué todo. Él lo tomó sin decir nada, sus ojos fijos en el suelo.
—Adiós, David—, dije finalmente.
Él levantó la vista, y por última vez vi al hombre que había amado. Pero lo que me devolvió fue un extraño lleno de rencor.
—Jódete—, dijo, y se marchó, cerrando la puerta con un golpe que resonó en todo el apartamento.
Me quedé sola en el silencio. La venganza se había consumado. El sabor era dulce, pero dejaba un regusto amargo. Había ganado la batalla, pero al mirar mi reflejo en la ventana, no vi a una ganadora. Vi a una mujer que había roto algo que, a pesar de todo, una vez fue puro y hermoso. Y esa libertad, por ahora, se sentía terriblemente solitaria.